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Escuela Superpoderes: la desigualdad frente a la Pandemia

Aquellos que tenemos el privilegio de haber nacido en el siglo pasado- parece extraño, pero es real- lo hicimos escuchando estigmas sobre la pobreza, la pérdida de valores familiares y sociales, los conflictos no resueltos de la política argentina, entre un sinfín de quejas y comentarios que pululan en todas las esferas sociales. Algunos, satanizan la política neoliberal argentina de los años 90´, como cuna de todos los males. Si bien es cierto que todos estos aspectos se profundizaron entonces, deberíamos sospechar que todos estos problemas no se originaron durante los diez años de menemismo, ni al compás de la era de la convertibilidad de cotillón que vivimos quienes disfrutamos de aquellos años dorados del todo por 2 pesos.

La crisis económica que sucedió al estado de bienestar, la recesión, el desequilibrio social y la anomia que luego traería el gobierno militar del 76, fueron los principales factores que comenzaron a suscitar cambios en la esfera social. Estos, resultaron demasiado profundos e irreparables aún hasta nuestros días. Las nuevas demandas económicas y la crisis de muchas familias, propiciaron que la mujer comenzara a trabajar fuera de la casa -relegando sus roles tradicionalmente hogareños y dirigidos a los hijos- para vender su fuerza de trabajo al mercado.

La aparición de las tecnologías de la información no fue un hecho aislado, y en cambio, en algún sentido,  colaboró con la desigualdad que hoy tanto nos preocupa y casi nada nos ocupa. 

Zygmunt Bauman, denomina a la era post moderna como “la modernidad líquida”, en la que todo parece ser fluctuante, sutil, ligero. En este sentido, podemos pensar que esta liviandad, que fluctúa sobre la dermis las relaciones, en el mercado, la familia y el todo social, las convierte a ser círculos egocéntricos y cerrados, donde las desigualdades se profundizan más y más y cada bloque se individualiza.  Tal es así que entonces, todos ven sin mirar y al tiempo no son vistos.

Hoy, estamos viviendo una situación inesperada: una pandemia, que nos pone como sociedad de cara pelada con las realidades de todos. Infelizmente, visualizamos las diferencias en momentos críticos como los actuales. Sin embargo, no sabemos cómo   disminuirlas, ni hacia dónde dirigirlas para finalmente, disolverlas. Las políticas públicas intencionan con optimismo, pero aunque desfilan los gobiernos con todas sus promesas, el hambre y la grieta social, siguen de pie.

Al calor de lo antes dicho, me permito dirigir esta reflexión, al ámbito de las escuelas.

Dentro del campo de la educación, docentes e investigadores se cuestionan acerca de esta desigualdad y su posible origen. Formulan interrogantes inspiradores barajando todo tipo de constructos para  detectar su procedencia. 

Pensando en lo que ocurre en las escuelas, tomemos como ejemplo, la violencia. Cuando un hecho como tal sucede dentro de una institución o, por ejemplo, se visibiliza la discriminación, debemos comprender que eso que se “instala” como problemática, no proviene del mismo sitio donde se suscita, sino que espejea aquello que proviene del todo social. En este sentido, la desigualdad, no ocurre en la escuela, está tercerizada y como consecuencia, impacta dentro de ella.

Para continuar analizando todo lo antes dicho, intentemos pensar cuáles fueron los cambios que se produjeron en las últimas décadas. Pensemos entonces, las siguientes posibilidades para procurar dirimir el sentido de la desigualdad educativa.

  • La incorporación de nuevas subjetividades a la educación formal, para el nivel medio: Tras la Ley de Educación Nacional del año 2006, todos los jóvenes tienen la obligatoriedad de cursar la escuela secundaria. Históricamente, este nivel fue reservado para las clases dominantes. Hoy se abre a todos. Este mestizaje, produjo un choque cultural, social y por qué no económico, facilitando que se vuelva a generar un doble circuito escolar, de acuerdo con poder socio- económico de los estudiantes. Actualmente, vivimos un marxismo cultural, con valores, identidades diferenciadas, con una cultura diferenciada, y la falta de tolerancia y convivencia, promueven la búsqueda de alinearse a un mismo grupo, a un mismo sector social.
  • El concepto de educación como derecho, y no como valor, promueve entender el acto educativo como algo que “debe ser” y no en el sentido freireano de liberación, donde aprender nos emancipa y nos invita a recorrer nuevos mundos, a plantear un proyecto de vida diferente de acuerdo con nuestro descubrimiento y a nuestra emancipación personal.
  • La pérdida del sentido de educación como herramienta para el ascenso social. 
  • El triunfo del paradigma capitalista, que estimula que es “mejor”- en términos abstractos- quien más tiene, y no quien más es, en el sentido de realización,  de plenitud personal, de libertad, de capacidad para diseñar su propia realidad y dirigir el sentido de su existencia.

A su vez, el capitalismo instalado e in crescendo, nos posiciona como sujetos de derecho y no como ciudadanos, donde cada uno “defiende” lo que le corresponde, donde no hay lugar para el concilio. Se tiene una mirada devoradora de la otredad. 

Hoy, la educación batalla contra la brecha digital, espacio donde más se visibiliza la vulnerabilidad y la desigualdad. Rescatemos que en este escenario crítico, el mundo de las tecnologías resulta ser el único vehículo para la apropiación de saberes.

En torno a lo que venimos analizando, nos enfrentamos a problemas tales como la conectividad- muy desigual a lo largo y a lo ancho del país-, a la cantidad de dispositivos por hogar, al escaso bagaje intelectual de muchas familias para acompañar a sus hijos durante su trayecto formativo. Dentro de la solapa cultural, nos encontramos con estudiantes que no son usuarios de internet, sino meros consumidores, y que no están capacitados, por diversas razones, a autogestionar sus aprendizajes, a optimizar sus recursos, a sacar provecho de las tecnologías. Las conocen, pero no pueden usufructuar sanamente de ellas. 

Como mencionábamos, centenares de zonas rurales no cuentan con internet, algunos niños tampoco poseen celulares o tabletas para hacer homeschooling y aquí comienza a evidenciarse el conflicto y la inexistencia de la igualdad de oportunidades, que promueve e intenta garantizar la Ley Nacional de Educación.

“Este es un enorme desafío de equidad educativa que puede tener consecuencias que alteran la vida de los estudiantes vulnerables”.

Avanzando en este sentido, debemos preguntarnos si en Argentina, como en otros países de la región, la escuela está preparada para el desafío de enseñar desde casa. Sumado a ello, deberíamos discutir si la pedagogía escolar, y todo lo que se ciñe a ella, es replicable en línea y al E-learning. Asimismo, debemos agregar a la ecuación que el acto educativo, nunca es unilateral, no depende de una sola parte, sino que es producto de un encuentro, un acto de deconstrucción, donde hay dos almas que se topan- casual o intencionalmente-y que se afirman en la voluntad de aprender. Tal idea, nos recuerda a Jacques Rancière en su libro “El maestro ignorante”.

¿Qué queda entonces para la escuela, en esta situación?

La escuela alimenta, la escuela viste, la escuela es familia. 

A la escuela, se le ha demando muchas cosas, de índole social, familiar, afectiva. La escuela- hace ya mucho tiempo- dejó de ser una institución simplemente funcional de categoría académica, dándose paso a ser un ámbito de contención, de socialización, cuando todo esto no alcanza, por fuera de ella.

No sabemos si la escuela ha salido airosa siempre de todos sus intentos, pero no dudamos que ha sido siempre resiliente, inmortal, inmaculada. Que todos, absolutamente todos, tenemos una marca que proviene de nuestros maestros, de nuestros directores, de nuestros profesores.

La escuela, hace lo que puede con lo que tiene. Y aunque ese tener-sea mucho o poco- siempre sale adelante. ¿Por qué? Quizás ese sea su misterio y su encanto. Quizás en ella converjan vocaciones, intenciones. Asimismo, estas también se combinen con algo de magia.

Hoy tiene un gran desafío. Incluir una vez más a los excluidos, acariciar el pelo de los que están golpeados, alimentar a los hambrientos. Y aún más: prometer estar firmes hasta el fin, hasta que se abran las ventanas y todos volvamos a abrazarnos,  hasta que se suban las banderas en los mástiles de los patios, hasta que rechinen como el canto de los pájaros los gritos de niños y niñas que entre esas paredes construyen su infancia tan querida.

Por Luz San Marco- Licenciada en Educación

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