Docentes

Nuevos docentes para buenas escuelas

Por qué repensar la formación de educadores

Hoy día- quizás mucho más que en cualquier otro momento- nos detenemos a pensar cuán importante es el rol docente para la formación de buenas escuelas. Sin embargo-si ahondamos en el sentido de buena escuela– deberíamos detenernos a analizar qué entendemos por este concepto y procurar visibilizar y comprender qué es lo que las escuelas de hoy día le requieren a un buen educador. 

Conforme al contexto actual que estamos atravesando de pandemia- bajo el cual,  la escuela tuvo que transformarse rápidamente- logramos darnos cuenta de que la formación de educadores no puede quedar librada al azar, y que de ello depende el buen futuro de las instituciones y de los miles de niños y adolescentes en edad escolar. 

Diremos entonces que una buena escuela es aquella a la cual todos los alumnos pueden ingresar sin ser excluidos ni discriminados, en la que aprenden contenidos significativos y pueden aplicarlos a situaciones reales de existencia, donde se reconoce a cada niño como ser único, invitándolo a disfrutar del conocimiento, entre tantos otros aspectos que podríamos destacar. Pensar en este nuevo paradigma, nos conduce a pensar en un docente nuevo, diferente al de la vieja escuela.

Garantizar el acceso al conocimiento es un pilar que persigue la Ley de Educación Nacional. Asimismo, dicho precepto, se somete al compromiso de velar por la educación y por la igualdad de oportunidades. Aun así, sabemos que tenemos un saldo en torno a esta pretensión, y que ese default se ha puesto en evidencia en este contexto de crisis sanitaria mundial que deja al descubierto las desigualdades educativas. Si pensamos lo antes dicho a la luz de un silogismo, diremos que hoy aún no tenemos garantizada la igualdad en cuanto al acceso al conocimiento, por ende, no podemos aseverar que tenemos buenas escuelas. Al interior de este razonamiento, nos vemos obligados a repensar de qué modo incide el rol docente en dicho planteo y de qué manera la formación de formadores podría incidir en el tan ansiado cambio.

La formación docente alega a suponer que la calidad de la misma responde a tres eventuales enfoques: el academicista-  donde un  docente es capaz de manejar fehacientemente la disciplina en la cual se ha formado-, al de la  formación técnica-  mucho más simplista e instrumental- y finalmente, a la mirada que propone una formación  docente más autónoma y reflexiva, bajo la cual estos sean capaces de formar a sus alumnos en competencias, con las herramientas necesarias para implementar diversas estrategias de enseñanza-aprendizaje. Se espera que un docente sea capaz de analizar las dimensiones de su trabajo y de su entorno educativo que afectan el aprendizaje de sus alumnos y actuar en consecuencia.

Todo educador está inmerso frente a caudales de situaciones imprevisibles cuando imparte sus clases, cuando comparte con sus alumnos. Diker y Terigi (1997) señalan que pensar en la tarea docente supone pensar en una multiplicidad de tareas que superan con creces la mera situación de enseñar y aprender. Quienes vivimos a diario el espacio del aula,  conocemos este inmenso desafío. Gimeno Sacristán habla de la centralidad que debe tener un docente a la hora de la “regulación de la acción” sumiéndose a la idea de las autoras antes mencionadas afirmando que existen sistemas de acción para la toma de decisiones en el contexto de inmediatez que planeta la situación de enseñanza. Agregaremos también, que pensar en la tarea docente implica saber que habrá que enfrentarse a planteos inimaginables, frente a los cuales hay que estar listos y bien capacitados, en el amplio sentido de la palabra.

Ser profesor, ser maestro, no es una actividad que pueda dejarse librada al laissez faire:  un docente debe ser idóneo en su disciplina, pero también deberá poder gestionar una serie de aptitudes- de habilidades- que le sean requeridas para que el aprendizaje que imparta resulte inclusivo, efectivo y para todos. Por tal, resultará sumamente valioso centrarnos en reconsiderar la formación de los formadores y la suma importancia que cobran los ISFD y las Universidades que forjan profesionales de la educación. Pensar en esta etapa, nos remite a suponer que habrá que capacitarlos en todos estos aspectos, congeniando lo que los alumnos esperan del docente, lo que la sociedad requiere de la educación, y lo que Sistema Central- en diálogo con las políticas educativas vigentes- pretenda de los centros educativos y de sus maestros. Muchas veces, esta tríada no resulta sencilla de hermanar, sin embargo, el desafío será potenciar todos los recursos posibles para amalgamar aquel viejo contrato fundacional de la escuela, a las necesidades actuales.

Comenzaremos por decir que la idea de buen docente- y por ende de buena formación- deberá consistir en desandar la idea de sostener la educación enciclopedista para convertir las carreras docentes en  verdaderos centros de innovación pedagógica, para que su accionar se traduzca a  prácticas  pedagógicas transformadoras e innovadoras, que impacten significativamente en el mejoramiento  de la calidad de enseñanza, y en los resultados de los aprendizajes de cada uno de los niveles que conforma el sistema educativo. En este sentido, debemos proyectar que los docentes estén convocados a actualizar y repensar sus prácticas de manera constante, en modernizar sus recursos pedagógicos y en que puedan lograr que sus alumnos incorporen los aprendizajes que la sociedad espera que tengan. El desafío es pensar ¿de qué modo? 

Una posible respuesta es comenzar a concientizar a los estudiantes de profesorados la vital importancia que tiene la enseñanza basada en competencias, terminología que Ausubel acuñó como “aprendizaje significativo”. Esta conciencia, debe sembrarse durante el trayecto formativo de quienes serán docentes de millares de niños y jóvenes. No interesa que los niños sepan resolver ejercicios de matemáticas, si no son capaces de abstraer esos aprendizajes a situaciones reales y concretas de su vida cotidiana. En esta dirección, afirmamos que saber qué hacer con lo aprendido, es más importante que saber.

Teniendo en cuenta el pasaje de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento,  también debemos alinearnos a la idea a la cual nos introduce Nicholas Burbules, de aprendizaje ubicuo. En este marco, triangular dicho concepto con la inclusión de las TICs en el aula resulta ser de máxima importancia en las carreras de formación docente.

Hoy día- los niños y adolescentes-aprenden constantemente. Su formación no sólo transcurre en contextos formales y de manera intencionada. Por tanto, pensar en acompasar el aprendizaje escolar a la idea de lo ubicuo, de aprender todo el tiempo, en cualquier lugar, será nodal en cuestión de fundamentar la inclusión de las tecnologías en las escuelas y en los profesorados.

Como docente de nivel superior- pretendo intimar con el lector sobre este punto- me permito acercarles la idea de la importancia que propone plantear el descubrimiento y el uso de las tecnologías mientras los futuros docentes son alumnos, a efectos de que experimenten bajo su propia piel los desafíos personales que implica el camino hacia su apropiación. Interesa que hagan, no que aprendan a hacer hacer.

El aspecto metacognitivo, no es menos importante en esta coyuntura, ya que permitirá hacer una autovaloración, y ofrecerá un camino de auto examinación en torno a las habilidades necesarias puestas en marcha para superar dificultades- entre otras cuestiones-que servirá de antesala a la hora de incluir el uso de las TICs en el ámbito escolar y así acompañar de manera más amplia a sus alumnos.

Retomando la mirada de la formación docente, las nuevas pedagogías refuerzan la necesidad de la formación continua luego de la formación profesional, invitando a los educadores a actualizarse frente a los incesantes cambios sociales y a las demandas educativas. Actualmente, tenemos vigente un amplio elenco de especializaciones y cursos que resultan interesantes para estar listos a los vertiginosos cambios frente a los cuales nos desafía la escuela. La tarea de aprender y de educar, parece ser necesariamente constante. Y a lo largo de todo nuestro camino como profesionales de la enseñanza.

Diremos también que, en una buena formación profesional, debe estar presente la idea de que todos los profesores trabajen como una unidad. En lo que respeta a la planificación escolar e innovación educativa, María Teresa Lugo- Magíster en Nuevas Tecnologías aplicadas a la Educación, por la Universidad de Barcelona- embrioniza el concepto de liderazgo distribuido.  Dicho constructo equivale a la idea de que para cualquier innovación o mejora que se procure realizar, la misma deberá pensarse colaborativamente, permitiendo que toda la comunidad educativa de un centro pueda identificarse con ella. Por ende, pensar en una formación que aluda a la habilidad de trabajar de modo interpersonal, será un aspecto para tener en cuenta en la planificación de habilidades de todas las carreras docentes.

Otro aspecto central de una buena escuela es el de la formación para la equidad. Es importantísimo comprender que equidad no es sinónimo de igualdad, más bien equidad se relaciona con el concepto de justicia. 

Por consiguiente- al compás de la formación docente- se deberá hacer foco en esta noción, entendiendo que la acción educativa siempre está mediada por aspectos sociales y por el contexto de interés de los grupos que aprenden. Será entonces fundamental que el docente se yerga como una figura integradora entre sus alumnos, respetando la diversidad, sin imponer una cultura sobre la otra. La experiencia de aprender debe ser inclusiva en este sentido también.

Finalizaremos diciendo que la buena formación docente, deberá descansar en las siguientes ideas:

  • Contextualizar el desarrollo histórico, social y cultural de la sociedad actual.
  • Garantizar que el docente comprenda el devenir de la institución escolar, su carácter político y transformador.
  • Diversificar las estrategias didácticas que posibilite el aprendizaje de todos los alumnos, tomando en cuenta la diversificación socio cultural presente en la sociedad actual.
  • Analizar y reflexionar sobre el efecto que tienen los preconceptos del docente en relación con los alumnos y el profundo poder que ejerce este sobre los aprendizajes.

Para concluir, diremos que la inclusión y la equidad, la innovación, son aspectos que resultan centrales en esta nueva etapa de repensar el papel de la formación de un docente, con todos los desafíos implicados en esta modernidad que nos desafía a nuevos horizontes de enseñanza, día tras día. Reclamar esto como estudiantes de profesorados, como formadores de formadores, como equipos directivos, propiciará que vayan transformándose aquellos elementos que hoy son jerarquizadores, clasificatorios y obsoletos para mejorar la educación que tenemos, hacia una educación más amplia, más liberadora. Más educadora.

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