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Educación

La comunidad educativa y el proceso de convertirse en persona

El cultivo de las actitudes rogerianas, una oportunidad para ser más humanos, transformar nuestros vínculos y desarrollar nuestro potencial

Encuentros de la Red de Directivos REDIE

Si nos ponemos a pensar, nuestras comunidades educativas constituyen espacios donde los actores que la componen comparten mucho tiempo de sus vidas. Quizás no somos del todo conscientes del impacto que esto supone en cada uno de ellos. Nos detenemos a considerar cuál es el perfil del alumno que pretendemos formar y del docente que buscamos para acompañarlo, y esto aparece claramente enunciado en nuestros idearios, pero existe además todo un entramado de relaciones significativas dentro de las cuales nos encontramos y que afectan tanto nuestro bienestar general como nuestro desarrollo personal. Sería realmente enriquecedor poder plantearnos nuestras comunidades educativas como espacios privilegiados donde poder contribuir a las metas de la institución desplegando nuestro potencial, más allá del rol que tengamos dentro de ella.

Hace algunos años, cursando la carrera de Consultoría Psicológica, me encontré con el modelo de Carl Rogers propuesto para las relaciones de ayuda. Estas son aquellas en las que uno de los participantes intenta hacer surgir, de una o ambas partes, una mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo, y un uso más funcional de estos, por lo cual es pertinente encuadrar la educación dentro de este estilo de relación. El modelo rogeriano se basa en una hipótesis fundamental y ciertas actitudes capaces de crear un ambiente favorable para el desarrollo y el bienestar personal. Las investigaciones llevaron a afirmar que más allá de su impacto en la relación terapéutica, estas condiciones ofrecen la oportunidad de transformar las relaciones humanas en general. Por esa razón, con más de 20 años de carrera docente, al conocer este modelo no tardé en imaginar los cambios positivos que el cultivo de estas actitudes podrían generar en el ámbito de las instituciones educativas.

Ahora bien, me detendré a enunciar de manera sencilla algunos conceptos fundamentales a fin de inspirar a quienes nos desenvolvemos profesionalmente en el ámbito de la educación, la inquietud de considerar la posibilidad de aplicarlos en nuestros espacios de interrelación. No me caben dudas que si somos capaces de crear atmósferas más humanas, cada uno de los involucrados tendrá la posibilidad de ofrecer lo mejor de sí mismo y todos saldremos beneficiados.

Comenzaré por transcribir, de la obra de Carl Rogers, El proceso de convertirse en persona, lo que él llama la hipótesis fundamental acerca de las relaciones.  Como buen precursor de la Psicología Humanista y su mirada esperanzadora acerca del hombre, afirma que:

El ser humano tiene la capacidad, latente o manifiesta, de comprenderse a sí mismo y de resolver sus problemas de modo suficiente para lograr la satisfacción y la eficacia necesaria a un funcionamiento adecuado. El ejercicio de esta capacidad requiere un contexto de relaciones humanas positivas, favorables a la conservación y a la valoración del “yo”; es decir, requiere relaciones carentes de amenaza o de desafío a la concepción que el sujeto se hace de sí mismo (…)

Rogers explica además que esta tendencia no es sino el impulso que se manifiesta en toda vida orgánica y humana- de expansión, extensión, autonomía, desarrollo, maduración- la tendencia de expresar y actualizar todas las capacidades del organismo, en la medida en que tal actualización aumenta el valor del organismo o del sí mismo. Esta tendencia puede hallarse encubierta por múltiples defensas psicológicas sólidamente sedimentadas y permanecer oculta bajo elaboradas fachadas, sin embargo existe en todos los individuos y sólo espera las condiciones adecuadas para liberarse y expresarse.

Muchas veces me pregunto en qué medida nuestras comunidades son espacios donde sentirnos lo suficientemente seguros para animarnos a ser nosotros mismos, llevando adelante nuestros roles y funciones con todas las vicisitudes que esto supone. Más bien creo que, muchas veces, nuestra capacidad de resolver problemas o afrontar situaciones y nuevos desafíos se encuentra limitada por la manera en que nos relacionamos y nos miramos unos a otros, donde la desconfianza mutua, el temor a ser juzgados y la competencia desleal son moneda corriente. Creo que si fuésemos capaces de acogernos más compasivamente, tendríamos a disposición un flujo de  energía creativa mayor, cuyo destino, en cambio, termina siendo defender nuestro yo de las amenazas que se perciben y se respiran dentro de ese ambiente psicológico desfavorable.

Podrán advertir que en el enunciado de su hipótesis, Rogers afirma que esta capacidad humana requiere para su ejercicio un contexto favorable, unas condiciones adecuadas para su despliegue. A continuación presentaré las tres actitudes que contribuyen a su afloramiento.

La primera actitud es la empatía. Este término ha sido creado por la psicología clínica para indicar la capacidad para sumergirse en el mundo subjetivo de los demás y para participar en su experiencia en la medida en que la comunicación verbal y no verbal lo permita. En términos más sencillos, es la capacidad de ponerse verdaderamente en el lugar del otro, de ver el mundo como él lo ve. La empatía supone el ejercicio de dejar transitoriamente de lado nuestro propio marco de referencia para sumergirnos en el mundo subjetivo de significados desde donde el otro está vivenciando su propia experiencia. Todos podemos desarrollar esta capacidad, incrementarla, ejercitarla. Una manera sencilla de asumir una actitud empática sería, por ejemplo, preguntarnos frente a la otra persona ¿Qué significa esta experiencia para ella?  ¿qué sentido tiene para esta persona en particular esto que está viviendo? Y saber que, aunque yo haya pasado tal vez por algo parecido, este otro distinto de mí puede estar viviéndolo de un modo diferente, de acuerdo a cómo ha ido organizando su experiencia y los significados personales que le ha asignado. Por ejemplo, imaginemos que estamos en una entrevista con el padre de un alumno que presenta determinadas dificultades, una manera empática de encarar esta situación sería preguntarnos, y escuchar en profundidad para comprender ¿qué significa para este padre o madre el fracaso escolar de su hijo? ¿de qué manera le repercute a nivel personal y familiar? ¿qué significado le da a este hecho? La cuestión es que, en la medida en que podamos comprenderlo y comunicarle nuestra comprensión, la otra persona se sentirá cómoda y recibida, y estará más abierta y receptiva a la hora de encontrar juntos la mejor solución a la dificultad que nos ha convocado. 

La segunda actitud es la aceptación positiva incondicional, a mi entender, un poco más difícil que la primera, ya que supone por sobre todo renunciar a toda tentación de emitir juicios morales. Se trata de que todo lo que una persona expresa acerca de sí misma nos parezca igualmente digno de respeto o de aceptación. No necesariamente tenemos que estar de acuerdo con lo que esa persona dice o hace, no se trata de eso, sino de que somos capaces de mostrarle respeto y aprecio en toda circunstancia. En otras palabras, el sujeto es estimado como persona, independientemente de los criterios que podríamos aplicar a los diversos elementos de su conducta. Todos sabemos que por ejemplo, en el ámbito laboral, convivimos muchas horas del día con personas con las que no compartimos los mismos gustos, tenemos modos de vida diferentes, otras ideas, etc. Sin embargo, esta aceptación respetuosa de nuestra alteridad y la evitación de los juicios acerca de la forma de ser o del vivir del otro, es una importante condición para que el entramado de nuestras relaciones respire dentro de una atmósfera saludable.  Sólo de este modo será posible el florecimiento pleno de nuestras capacidades, permitiendo no sólo el alcance de los objetivos institucionales u organizacionales, sino que además, y al mismo tiempo, daremos lugar al desarrollo de nuestra madurez humana.

La tercera actitud es la congruencia o autenticidad. Esto significa que en nuestras relaciones debemos tener presentes nuestros sentimientos y no ofrecer sólo una fachada externa. No se trata de vivir comunicándonos “sin filtro” ni mucho menos darnos la libertad para el “sincericidio” sino más bien, entrenarnos en la capacidad de hacernos conscientes de nuestros movimientos internos, tener un registro de los mismos y atenderlos adecuadamente. Algunas veces elegiremos compartirlos abiertamente como un modo de enriquecer nuestros vínculos, aclarar situaciones difíciles o imprimir profundidad a nuestras relaciones. En otros casos, quizás elijamos convenientemente no transparentarlos, pero habiéndonos escuchado y atendido en nuestro interior, no correremos el riesgo de que dichos sentimientos aparezcan impulsivamente, más tarde, de manera inapropiada.

En conclusión, parece un valioso aporte dar a conocer estos conceptos, ya que si bien comprendo que llevarlos a la práctica requiere de un cierto entrenamiento y una opción consciente por parte, si no de todos, de la gran mayoría de las personas que integran una comunidad, el hecho de conocer que existen formas de relacionarnos empíricamente probadas como más eficaces a la hora de conseguir determinados resultados, ya es un logro en el largo camino que nos conduce al cambio.

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Nancy Avila

Nancy Avila es Consultora Psicológica Humanista Especializada en Desarrollo Personal Agente de Pastoral- Catequista Docente Especializada en Educación Primaria de Niños, Adolescentes y Adultos

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