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Gestión

Pensar la escuela: un ejercicio complejo

Ensayo sobre la gestión educativa

Olimpiadas Matific 2022 LATAM

“La educación nos revela su carácter de apuesta: mezcla de azares e intenciones cuya combinatoria final nunca nos es descifrada”

Violeta Núñez

Los proyectos de gestión son propuestas técnicas y específicas de acción que buscan solucionar situaciones problemáticas determinadas, así como desarrollar o modificar procesos en una organización educativa. 

La complejidad creciente de relaciones, situaciones y problemáticas que atraviesa la escuela en la actualidad -sobre todo después de la Pandemia de Covid-19-, hace necesario que, previo al diseño de un proyecto de gestión, se piense a la escuela, se la reflexione, se la problematice. Por ello, la formulación de proyectos de gestión debe ser un punto de partida para la reflexión crítica y colectiva de la escuela en relación con sus propias necesidades y problemáticas, considerando de este modo que el saber no es absoluto, sino social, histórico, institucional y profesional. Por tanto, la práctica de la reflexión crítica se vuelve esencial para que los equipos encargados de la formación en los establecimientos educativos reexaminen y contextualicen sus propuestas.

Así, podemos pensar a la escuela desde distintas aristas que, lejos de conformar conceptos estancos e individuales, confluyen en un sistema de elementos interdependientes y absolutamente necesarios –unos y otros- para pensar la escuela y gestionarla.

Gestionar la escuela a través del liderazgo

Gestionar los procesos múltiples, diversos y complejos que hacen al día a día en la escuela requiere de liderazgo. El equipo de gestión debe “caminar la escuela”, debe “saber de lo que se trata” –de enseñanza, de aprendizaje, de escuela, de docentes, de alumnos, de familias, de normas, de leyes, de diseños curriculares-. Saber comunicar, saber escuchar, saber dialogar, saber coordinar, poder delegar, tener la capacidad de tomar decisiones, ser hábil para construir, ser capaz de explicitar y de conducir un proyecto, son algunas de las habilidades que los integrantes del equipo de gestión deben tener.

Quien sepa hacer todo eso, podrá ser líder y el grupo le reconocerá el carisma. Podrá constituirse en motivador. Pero aclaro: lo será para ese grupo, para esa institución, en ese momento; porque la noción de líder es relacional, vincular, situacional y contextual: para ser líder hay que estar en condiciones de ayudar a satisfacer las necesidades, los intereses, las expectativas, los objetivos y las características del grupo.

El director, en tanto responsable del proyecto pedagógico de la escuela, debe poseer las características de líder –acaso, innatas; acaso, aprendidas- que le permitan orientarse a consolidar vínculos con los docentes y la comunidad educativa en general creando un clima ameno, participativo, colaborativo y armónico de trabajo; promoviendo acciones pedagógicas que repercutan en el proceso de enseñanza-aprendizaje; cultivando valores solidarios y democráticos en miras la construcción de una ambiente de trabajo en el que exista el respeto, la comunicación y el trabajo en equipo; fomentando el crecimiento continuo y sistemático en los niveles personal, profesional e institucional; resolviendo conflictos; y adaptándose a los cambios en su entorno, encauzando el rumbo de la escuela de acuerdo al ideario institucional.. 

Pero nada de ello podrá hacerlo sólo: el director debe trabajar en red, ya que el trabajo en equipo posibilita recuperar valores primordiales a la esencia del ser humano y potencia el desarrollo de un mayor impacto de la gestión educativa. 

Pensar la educación desde la complejidad

Pensar la educación como derecho implica comprender al otro como sujeto de derechos; como alguien que los posee y tiene la potestad para ejercerlos, ampliarlos y sumar nuevos. La educación, entonces, tiene la función de brindar herramientas, experiencias, saberes y estrategias que permiten el ejercicio de un amplio abanico de prerrogativas que el ordenamiento jurídico reconoce. 

En un contexto que le es adverso desde hace ya muchos años, la escuela está obligada a seguir garantizando el derecho de aprender, que es el que otorga a las personas la posibilidad de ejercer otros más. Pero, para ello, la escuela necesita y debe cambiar; debe dar un salto cualitativo no sólo en términos de su infraestructura sino en su proyecto educativo, en su relación con su entorno, con su barrio, con su comunidad.

Pensar la educación como un encuentro de personas significa dar ese salto cualitativo; se trata de construir y consolidar los vínculos, porque educar, entre otras, requiere de la relación con otros. 

No hay fórmulas mágicas: ni las tecnologías de última generación -y ello ya lo hemos visto en los dos últimos años-, ni los enfoques pedagógicos innovadores sustituyen el impacto positivo que genera en el aprendizaje el vínculo entre las personas, el compartir con otros, el sentirse reconocido por otros. Es necesario volver a los orígenes porque no es necesario poner en práctica estrategias pedagógicas-didácticas modernas o inéditas, sino que hay que resignificar las que todos conocemos: las que no son nuevas sino, simplemente, nuevamente importantes.

Pensar la educación como una oportunidad permite reflexionar sobre el escenario en el que vivimos y dimensionar los desafíos que nos plantea este siglo XXI. Educar a los jóvenes para el ejercicio de la ciudadanía, para el mundo del trabajo y para afrontar la vida de las décadas que vienen, es un gran reto, no sólo para la escuela sino también para las familias.

Antes de respondernos acerca de qué aprendizajes y/o competencias fundamentales necesitan adquirir y desarrollar los jóvenes de cara al futuro, creo que es necesario hacer dos análisis fundamentales: una reflexión respecto de la praxis docente y de la formación del profesorado en general y, otra, sobre la presencia de las familias en la educación –en sentido amplio, claro está- de sus hijos.

Entonces, reformulemos: ¿qué conocimientos y habilidades debe tener el docente para enseñar, es decir, para ser agente de transformación entre sus estudiantes? Porque, claro está, la calidad es un constructo particular de una escuela, situada en un tiempo histórico y en un entorno socio-cultural determinado. Entonces, pensar en construir una educación de calidad implica revisar las concepciones y las prácticas docentes, en la escuela, en principio.

Más allá de la enseñanza de los saberes disciplinarios, los docentes tienen la importantísima función, natural, acaso, de transmitir la cultura, de los valores, de las costumbres, de los hábitos y de los principios sobre los que se asienta nuestra convivencia. Por ello, es fundamental que desarrollen habilidades socioemocionales que les permitan construir puentes, lazos, acuerdos con sus alumnos. 

En esa lógica de entendimiento, la capacitación y la profesionalización continuas de los docentes son pilares de trabajo fundamental de una gestión que busque dinamizar el proceso de enseñanza y de aprendizaje y, en pos de ello, lograr la mejora institucional.

Porque de ello se trata, de entender a la calidad como un desafío de crecimiento espiralado ascendente: mejores docentes, mejores alumnos, mejor institución. Porque la escuela debe ser una organización que enseña, pero que, también, aprende.

Los desafíos que afronta la educación, en general, y la praxis docente, en particular, responden a que vivimos en una sociedad de cambios vertiginosos, de profundas diferencias sociales, de quiebre de las instituciones tradicionales y de transformaciones tecnológicas que influyen en nuestra vida cotidiana y, lógicamente, en la forma de vincularnos como familia y como escuela.

Creo que uno de los ejes de trabajo de la escuela de hoy es, justamente, interpelar a las familias a que piensen la educación de sus hijos; a que se involucren y a que participen activamente en las trayectorias escolares de los jóvenes. Sabido es que familia-escuela se conjugan en un binomio indisoluble y el trabajo de la una sin el de la otra carece de fundamento y legitimidad. En este aspecto, es también la gestión –en cabeza del vice director- quien debe propiciar el encuentro a través de diversas estrategias que promuevan el acercamiento y la participación en miras de lograr espacios y tiempos de socialización basados en valores como el respeto por el otro, por las normas y por las instituciones y que lleven a construir una comunidad en la que prime la diversidad sin violencia.

Pensar la educación como desafío es focalizar la atención en los alumnos. Las competencias personales (capacidad de iniciativa, resiliencia, responsabilidad, asunción de riesgos y creatividad), las competencias sociales (trabajo en equipo, empatía, compromiso y respeto por el otro) y las competencias de aprendizaje (gestión, organización, capacidades metacognitivas y habilidad de convertir las dificultades en oportunidades o de transformar la percepción del fracaso y la respuesta al mismo) son capitales para lograr niveles máximos de rendimiento en el mundo laboral del Siglo XXI. Aunque muchas de estas competencias y habilidades puedan parecer modernas, no son nuevas, sino simplemente nuevamente importantes, como he dicho.

El desafío reside, entonces, en propiciar encuentros; en revalorizar los vínculos a través de la resignificación de la palabra y de la escucha; en habilitar tiempos y espacios para que los jóvenes construyan el conocimiento, para que aprendan a pensar, a elaborar juicios reflexivos, a acordar y a disentir; en promover la circulación de la información –y su apropiación de manera crítica y reflexiva- a través del uso de las tecnologías digitales.

Con más fuerza que nunca, las cuatro perspectivas del aprendizaje descritas en el emblemático -y aún actual- Informe Delors de la UNESCO, cobran significativa importancia: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos siguen siendo los puntos de referencia y principios que deben organizar y definir el proceso de enseñanza y aprendizaje en el Siglo XXI. 

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Andrea Fortunio

María Andrea Fortunio - Rosario, 11/06/1980 - Abogada (UBA, 2005) – Profesora Superior en Abogacía (UCA, 2009) – Licenciada en Gestión Educativa (UNSE, 2014) – Especialista Superior en Educación y Tic (INFD, 2015) - Especialista Docente en Políticas Públicas Socioeducativas (INFD, 2018) - Docente en el Nivel Secundario y Superior, desde 2009. - Directora en el Nivel Secundario, desde 2014 hasta 2020. - Subdirectora en la Dirección de Infancias y Familias de la Municipalidad de Rosario, desde el año 2020 hasta la actualidad.

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