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Educación y trabajo

Vincular la educación con el mundo del trabajo

Educación y trabajo

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Las prácticas profesionalizantes no deberían crear alarma, sino causar un intercambio enriquecedor respecto de las estrategias para recomponer el tejido social que se está desintegrando.

En el mes de agosto pasado, muchos de nosotros nos sorprendimos con una noticia publicada en los principales periódicos del país referida a que la empresa Toyota Argentina no conseguía 200 trabajadores con el secundario completo y advertía que a los postulantes “se les hace difícil hasta leer un diario” (La Nación, 04/08/2021).

A partir de esa noticia se generaron de manera fugar y transitoria algunos debates e intercambios en los medios de comunicación con respecto a la situación que atraviesa en sistema educativo argentino (ya de por sí golpeado por los efectos de la pandemia del coronavirus, de la que aún no llegamos a vislumbrar las consecuencias).

Actualmente, tanto la edad como los años de educación tienen un papel determinante a la hora de predecir las posibilidades de encontrar trabajo. Se ha comenzado a desarrollar un proceso de desplazamiento en el mercado de trabajo: salen adultos poco calificados que son parcialmente reemplazados por jóvenes con más altos niveles de educación.

Sin embargo, junto con el aumento de los años de escolaridad de la población, se observa que los trabajadores con mayor nivel educativo ganan peso relativo en la estructura ocupacional, pero, además, se advierte una fuerte disminución en la ocupación de aquellos con niveles más bajos.

Por el contrario, aquellos con el secundario completo y, especialmente, los universitarios, han visto expandir sus posibilidades de inserción en el mercado laboral.

En otras palabras, es real que quienes terminan el nivel secundario siguen obteniendo ciertas ventajas comparativas para aumentar las condiciones de empleabilidad. Pero también hay que considerar que cuanto más pobre es el contexto en términos económicos, más potente es el “efecto escuela” en lo que respecta a los beneficios relativos que obtienen los estudiantes.

A pesar de la inclusión en el sistema educativo, la noticia aportada por la empresa Toyota Argentina deja expuesto que con estar dentro del sistema educativo no alcanza. Las credenciales educativas, lamentablemente, no llegan a garantizar la adquisición y manejo adecuado de técnicas, destrezas y habilidades para vincularse con el mercado laboral.

Sobre este aspecto es que, las autoridades educativas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tomaron la iniciativa de fortalecer la vinculación con el mundo del trabajo desde la propuesta de prácticas profesionalizantes en el último año del nivel secundario.

En palabras de la ministra de Educación Soledad Acuña, la propuesta busca que tanto el ámbito público como el ámbito privado en conjunto con la sociedad civil aborden la problemática relacionada con la vinculación del mundo escolar con el mundo laboral, intentando generar espacios de aprendizaje que impacten positivamente en el desarrollo y fortalecimiento de capacidades y habilidades que la escuela en soledad no alcanza a garantizar.

El desarrollo de competencias laborales para la empleabilidad requiere el aprendizaje previo de competencias básicas (lectura y comprensión de textos, redacción, comunicación oral, razonamiento matemático), que en la actualidad el sistema educativo no logra formar en el nivel mínimo necesario para la mayoría de sus alumnos.

La educación para la producción y el trabajo focaliza en el conjunto de habilidades necesarias para desempeñarse en la generación de bienes materiales o intangibles que requiere la sociedad. Por tanto, forman parte de este conjunto las capacidades tecnológicas, el desarrollo emprendedor, las habilidades intelectuales que requiere la producción moderna, los hábitos de cumplimiento y desempeño laboral, y la capacidad para ser reflexivo y crítico frente a la práctica productiva, de modo de aprender constantemente de la experiencia, lo cual a su vez está asociado a un proceso de aprendizaje permanente.

Con los cambios tecnológicos que estamos presenciando desde la última década, el aumento de las calificaciones junto con procesos de trabajo tecnológicamente intensivos, en realidad tienden a sustituir la fuerza de trabajo.

Por lo tanto, cuanto más sobreofertado está un mercado, más alto es el efecto discriminador de los altos niveles educativos sobre los bajos niveles, con independencia del carácter y la naturaleza del puesto de trabajo y de la tarea a desempeñar.

El corolario del “efecto fila” es que cuanto más aumenta la empleabilidad de los más educados, más disminuye la empleabilidad de los menos educados.

Una investigación realizada por Guillermo Cantor (2002), nos agrega un elemento más para tener cuenta en el análisis: el origen socioespacial.

En la investigación afirma que, la tasa de escolarización no está distribuida de manera homogénea en el conjunto de la población. Un elemento llamativo es la disparidad que se observa en la distribución de los que estudian y los que no lo hacen según el área geográfica de que se trate.

En este sentido, -explica- se advierte una relación de proporcionalidad entre el nivel socioeconómico y la educación formal. Es decir, en aquellos distritos geográficos donde se concentran en mayor medida los sectores medios, se observa un mayor porcentaje de jóvenes que estudian. Y a la inversa, en aquellas zonas en que priman los sectores bajos y pobres, se registra un mayor porcentaje de jóvenes que no estudian.

Actualmente no quedan dudas respecto que son los más pobres quienes reciben las menores oportunidades de aprendizaje y logran los rendimientos más bajos como consecuencia de un sistema de educación pública descapitalizado y renuente a incorporar innovaciones en los procesos de enseñanza

En tiempos de cambios y transformaciones sociales profundas es cuando la educación vuelve a retomar la posibilidad de ser objeto de debates políticos. Y aquí no nos referimos a la limitación de escuelas abiertas o escuelas cerradas por efecto de la pandemia, sino a la concreción de una propuesta integral se estructure alrededor del fortalecimiento de la vinculación del mundo educativo con el mundo del trabajo.

En este sentido, la educación formal debe facilitar la provisión de conocimientos, capacidades y habilidades, pero también debe promover el aprendizaje de pautas comunicacionales e interactivas. La función educativa debe verse desde tres perspectivas simultáneas: como difusora de conocimientos y saberes, como proveedora de capital cultural y como facilitadora de capital social.

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